Acabar con el primero de mayo por Camilo jose Cela Conde
El primero de mayo se celebra en todo el mundo el recuerdo de la manifestación gigantesca de los trabajadores de Chicago que sacudió al mundo en 1886. Aquel episodio terminó muy mal, con muertes violentas, saña contra el movimiento obrero anarquista, ejecuciones y condenas. Pero dio como resultado la jornada de ocho horas. Hasta entonces, el día laborable era libre -pretendidamente libre- y, así, llegaba a alcanzar doce o incluso dieciséis horas. Semejante libertad es, como tantas otras veces en las que se utiliza con veneración esa palabra, un puro engaño.
Doce décadas más tarde, nuestra memoria parece flaquear. Los veintisiete países de la Unión Europea (UE) han alcanzado un acuerdo que termina con la semana laboral de 48 horas poniendo punto y final a un siglo en el que el derecho más básico de los trabajadores se había mantenido en pie. La UE permitirá que se llegue a las 60 horas, las 65 tal vez. Echemos cuentas. Ocho horas multiplicadas por seis días dan las 48 de referencia que lograron los mártires de Chicago. Con el tiempo, la jornada se redujo aún más; hasta las 40 horas semanales vigentes hoy en España, por ejemplo, o las 35 que se lograron en algunos países europeos. Volver a las de antes implicaría trabajar doce horas diarias si se dejan libres sábado y domingo, o diez si sólo este último se considera festivo.
¿En nombre de qué? De la libertad -de Nuevo-, se dice. De hecho, en el Reino Unido, cuna de tantas excepciones, impera la norma laboral de que la empresa y el trabajador pacten libremente cuál será el horario de trabajo en cada caso. Como resultado, son comunes las jornadas laborales interminables y, en especial, dentro de lo que podríamos llamar el rango de los ejecutivos. Tener un cargo tirando a medio o alto en una empresa equivale a pasarse más horas en el despacho que fuera de él. ¿De manera libre? Concedamos que es así, que el ansia de dinero, de estatus o de poder justifica el quedarse sin espacio social y familiar. Al fin y al cabo, uno elige la vida que quiere llevar ¿no es cierto?
Pero esa supuesta libertad de elección se convierte en algo muy distinto cuando quien se ve forzado a una jornada de trabajo de diez o doce horas es un asalariado de bajo nivel, y no digamos ya si se trata de un inmigrante. Entonces la alternativa no consiste en buscar una empresa menos sujeta a la competitividad como norma sino elegir entre someterse a las horas que el patrono dicta o irse a la calle.
Con semejante concepto de libertad por delante, puede que la Unión Europea alivie algo la crisis económica que el mundo entero padece pero caben pocas dudas acerca de que el precio que se pagará por ello es muy alto. La primera medida a tomar debería ser, creo yo, simbólica: acabemos con la fiesta del 1º de mayo. Es doloroso reconocer que un siglo después, tenemos menos agallas.




milagobios dijo
Hola Arwen:
Es cierto que no habría que celebrar determinadas cosas, pero.... me venía tan bien que el 1 de mayo fuese festivo.
Fuera bromas... yo venía por aquí a avisarte de que tengo una cosilla para ti en mi blog, así que, cuando quieras, ya sabes donde estoy.
Besitos sin opresión laboral
17 Junio 2008 | 12:22 PM